domingo 18 de octubre de 2009

Un sueño americano

Anoche recibimos la visita de mi suegra y mis cuñadas. Mi sobrina la menor nos deleitó con sus ocurrencias y travesuras. Mi esposa disfrutó hasta tarde conversando con todas hasta que la bebe, muerta de sueño se aburrió de tanta cháchara obligándolas a despedirse.


Como cada noche, antes de acostarnos tomamos un café con leche y algunos bocadillos. Prendimos la tele y revisamos varios canales, pero el sueño nos vencía. Entonces, decidimos apagarla y ponernos a dormir. Afuera silbaba el viento y los golpes que daba la puerta del jardín contra la cerca me forzaron a salir a asegurarla.


Cuando regresé mi esposa dormía profundamente. Me acosté a su lado para unirme junto a ella con Morfeo, pero el viento seguía moviendo afuera cosas y me levanté otra vez para asegurarme por si algún merodeador rondaba cerca.  Comprobando que me encontraba seguro regresé a la cama.


Intenté dormir pensando en mi gorra kaki que todo el día había buscado sin éxito. Repasaba mentalmente todos los lugares por donde creía haberla visto la última vez. De súbito, un ruido en la puerta de calle me sacó de un salto de la cama.


Se trataba de un hombre que había logrado introducir medio cuerpo por una rendija y que, al parecer, pretendía entregar una mercadería que nosotros, según dijo, habíamos solicitado.   Le dije que nunca habíamos ordenado algo y que esas no eran horas de entregar nada, además. El hombre sonreía insistiendo en lo mismo mientras me mostraba una guía de remisión en donde sólo pude leer una palabra: Oklahoma.


El tipo vestía una camiseta amarilla con letras azules grabadas en el pecho, pero no pude distinguir lo que decían. De pronto, noté que ya había logrado meter algunas cajas por la ranura estrecha por donde asomaba el torso. Indignado lo amenacé con llamar a la policía de inmediato sino desistía de su locura. Dicho esto, el tipo se echó a reír y en el acto, no sé cómo lograron entrar más sujetos uniformados como él y que, ignorándome, empezaron a colocar cantidades de cajas por toda la sala.


Yo insistía con llamar a la policía, pero o no me escuchaban o lo que decía les era indiferente. Para entonces, mi esposa se había levantado con tanto alboroto. Ella,  feliz, admitió haber pedido todo eso por catálogo y empezó a chequear una por una junto con el hombre cada caja.


La gente que estaba con él empezó a multiplicarse y ha recorrer con desfachatez cada rincón de la casa. Entre el grupo había varias mujeres que propusieron celebrar en parejas descorchando una botella de vino. Yo estaba indignado. Pero mi esposa sonreía feliz abriendo las cajas que chequeaba junto con el tipo.


Se trataba de un montón de muñequitos. Miniaturas baratas de fabricación china que curiosamente vestían coloridas túnicas con las banderas de países latinoamericanos. Había cantidades de ellos. Dejé a mi esposa en esa tarea tan absurda y fui a la habitación donde parte del grupo vestido de amarillo veía televisión recostados en la cama. Pero continuaban ignorándome.


Cuando regresé a la sala se había armado una fiesta a la que se habían unido mis cuñadas también y un montón de parientes y amigos que no veía hace tiempo. Una mezcla variopinta de personas: travestís, negros, andinos... Que bailaban con los muñequitos al ritmo de una música que no lograba oír con claridad.              


De un grito le pedí a una de mis cuñadas que llamase de inmediato a la policía. Como por arte de magia, cuando ésta empezó a digitar los números del 911 los sujetos de amarillo, comenzaron un por uno a desfilar en silencio hacia la calle. Uno de ellos, con barba y lentes pequeños arrojó sobre la mesa del comedor mi billetera con todo su contenido intacto. La música cesó y toda esa extraña concurrencia enmudeció palideciendo. Afuera, el viento soplaba con fuerza moviendo objetos y golpeando puertas con violencia.


Así estábamos mirándonos unos a otros hasta que el aullido de las sirenas de los carros patrulleros aproximándose obligó a todos a esconderse por los rincones de la casa. Los pequeños muñequitos eran demasiados para pasar desapercibidos y se atropellaban unos con otros despavoridos buscando un escondite. De pronto, un silencio sepulcral heló la sangre a todos.


En el acto un proyectil incendiario atravesó uno de los vidrios de la ventana seguido por otros más y el fuego empezó a consumir todo. Las cortinas, los muebles, los adornos empezaron a arder. Cuando me asomé por la ventana había tres cruces encendidas clavadas en el pasto y los hombres de amarillo junto con la policía lanzaban los proyectiles incendiarios profiriendo improperios y consignas racistas. Los muñequitos perecían entre las llamas derritiendo su plástico barato por todos lados. Y los demás nos asfixiábamos entre el humo y el fuego.


De pronto desperté agitado y empapado de sudor. En el acto, me aseguré comprobando  que mi mujer dormía plácidamente a mi lado y que todo había sido un sueño ¡Terrible! Por supuesto, pero finalmente un sueño. Intenté dormir nuevamente, pero la sensación angustiante que había dejado aquella pesadilla en mi pecho me sacó de la cama con la necesidad de escribirlo de inmediato. No suelo recordar nunca lo que sueño, pero éste creo que no voy a olvidarlo jamás.


Mientras pasaba café y encendía mi ordenador, una extraña huella enlodada en la sala llamó mi atención. Me disponía a revisarla cuando explotó ensordecedora la alarma del auto del vecino. La sensación angustiante con la que me había despertado regresó de pronto. Me asomé a la ventana temblando. Mi vecino intentaba apagar  la alarma de su auto mientras llamaba a la policía reportando un robo seguramente. El auto con las puertas abiertas, tenía un vidrio roto en una de las ventanas laterales. Al momento, un par de carros patrulleros hicieron su aparición.  Las luces rojas y azules penetrando en mi salón, me intimidaron y cerré las cortinas. En el acto, me ocupé en lo mío.         

        

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada