miércoles, 11 de noviembre de 2009

Paraíso de los Suicidas


Paraíso de los Suicidas,      INDECOPIPERU   00816-2007 es una novela urbana que explora una problemática de actualidad Latino Americana: la Anomia Social.

Paraíso de los Suicidas ocurre en una urbe latinoamericana, donde la  Anomia Social  ha alcanzado su etapa crítica. Una investigación policial que vincula al hampa con las altas esferas del poder, conducen a Cecilio Chafloque, detective analista de la policía nacional y a Mónica Marticorena, reportera de un programa de televisión, a hurgar en el pasado de Humberto Sanguinetti. A través de su testimonio, penetrarán en su interioridad -un viaje que los regresará hasta su infancia-  para descubrir la clave de un intrincado caso.  Humberto Sanguinetti, es una voz que clama auxilio desde una realidad dónde la pérdida de valores y la carencia de ideales han resquebrajado sus cimientos familiares.   Sin embargo, como respuesta al dilema de estar vivo, en Paraíso de los Suicidas surge también la esperanza. Porque no es cierto que la vida es un callejón sin salida ni tampoco tal y como nos la han contado.



El objetivo de esta ficción es dar a conocer – a través de las experiencias de sus protagonistas - las repercusiones que el Autoritarismo y la Corrupción del Poder ejercen tanto en el desarrollo de conductas abusivas o de maltrato infantil, como en la pérdida de valores en la búsqueda de la realización personal.   


Paraíso de los Suicidas se dirige al lector emergente, cuya experiencia socioeconómica condice con las de los protagonistas de la novela. Debido a la solvencia testimonial que da vida a sus bien construidos personajes, Paraíso de los Suicidas, atrae al público joven, académico y por su fácil lectura, conmueve al adulto de todas las edades.




Paraíso de los Suicidas, fusiona la fragmentación de imágenes; la entrevista periodística; el reporte policial; el informe médico, el análisis conversacional  y la psicocrítica  para hilvanar una historia donde la voz  omnipresente  le pertenece a múltiples actores.

















domingo, 18 de octubre de 2009

Un sueño americano

Anoche recibimos la visita de mi suegra y mis cuñadas. Mi sobrina la menor nos deleitó con sus ocurrencias y travesuras. Mi esposa disfrutó hasta tarde conversando con todas hasta que la bebe, muerta de sueño se aburrió de tanta cháchara obligándolas a despedirse.


Como cada noche, antes de acostarnos tomamos un café con leche y algunos bocadillos. Prendimos la tele y revisamos varios canales, pero el sueño nos vencía. Entonces, decidimos apagarla y ponernos a dormir. Afuera silbaba el viento y los golpes que daba la puerta del jardín contra la cerca me forzaron a salir a asegurarla.


Cuando regresé mi esposa dormía profundamente. Me acosté a su lado para unirme junto a ella con Morfeo, pero el viento seguía moviendo afuera cosas y me levanté otra vez para asegurarme por si algún merodeador rondaba cerca.  Comprobando que me encontraba seguro regresé a la cama.


Intenté dormir pensando en mi gorra kaki que todo el día había buscado sin éxito. Repasaba mentalmente todos los lugares por donde creía haberla visto la última vez. De súbito, un ruido en la puerta de calle me sacó de un salto de la cama.


Se trataba de un hombre que había logrado introducir medio cuerpo por una rendija y que, al parecer, pretendía entregar una mercadería que nosotros, según dijo, habíamos solicitado.   Le dije que nunca habíamos ordenado algo y que esas no eran horas de entregar nada, además. El hombre sonreía insistiendo en lo mismo mientras me mostraba una guía de remisión en donde sólo pude leer una palabra: Oklahoma.


El tipo vestía una camiseta amarilla con letras azules grabadas en el pecho, pero no pude distinguir lo que decían. De pronto, noté que ya había logrado meter algunas cajas por la ranura estrecha por donde asomaba el torso. Indignado lo amenacé con llamar a la policía de inmediato sino desistía de su locura. Dicho esto, el tipo se echó a reír y en el acto, no sé cómo lograron entrar más sujetos uniformados como él y que, ignorándome, empezaron a colocar cantidades de cajas por toda la sala.


Yo insistía con llamar a la policía, pero o no me escuchaban o lo que decía les era indiferente. Para entonces, mi esposa se había levantado con tanto alboroto. Ella,  feliz, admitió haber pedido todo eso por catálogo y empezó a chequear una por una junto con el hombre cada caja.


La gente que estaba con él empezó a multiplicarse y ha recorrer con desfachatez cada rincón de la casa. Entre el grupo había varias mujeres que propusieron celebrar en parejas descorchando una botella de vino. Yo estaba indignado. Pero mi esposa sonreía feliz abriendo las cajas que chequeaba junto con el tipo.


Se trataba de un montón de muñequitos. Miniaturas baratas de fabricación china que curiosamente vestían coloridas túnicas con las banderas de países latinoamericanos. Había cantidades de ellos. Dejé a mi esposa en esa tarea tan absurda y fui a la habitación donde parte del grupo vestido de amarillo veía televisión recostados en la cama. Pero continuaban ignorándome.


Cuando regresé a la sala se había armado una fiesta a la que se habían unido mis cuñadas también y un montón de parientes y amigos que no veía hace tiempo. Una mezcla variopinta de personas: travestís, negros, andinos... Que bailaban con los muñequitos al ritmo de una música que no lograba oír con claridad.              


De un grito le pedí a una de mis cuñadas que llamase de inmediato a la policía. Como por arte de magia, cuando ésta empezó a digitar los números del 911 los sujetos de amarillo, comenzaron un por uno a desfilar en silencio hacia la calle. Uno de ellos, con barba y lentes pequeños arrojó sobre la mesa del comedor mi billetera con todo su contenido intacto. La música cesó y toda esa extraña concurrencia enmudeció palideciendo. Afuera, el viento soplaba con fuerza moviendo objetos y golpeando puertas con violencia.


Así estábamos mirándonos unos a otros hasta que el aullido de las sirenas de los carros patrulleros aproximándose obligó a todos a esconderse por los rincones de la casa. Los pequeños muñequitos eran demasiados para pasar desapercibidos y se atropellaban unos con otros despavoridos buscando un escondite. De pronto, un silencio sepulcral heló la sangre a todos.


En el acto un proyectil incendiario atravesó uno de los vidrios de la ventana seguido por otros más y el fuego empezó a consumir todo. Las cortinas, los muebles, los adornos empezaron a arder. Cuando me asomé por la ventana había tres cruces encendidas clavadas en el pasto y los hombres de amarillo junto con la policía lanzaban los proyectiles incendiarios profiriendo improperios y consignas racistas. Los muñequitos perecían entre las llamas derritiendo su plástico barato por todos lados. Y los demás nos asfixiábamos entre el humo y el fuego.


De pronto desperté agitado y empapado de sudor. En el acto, me aseguré comprobando  que mi mujer dormía plácidamente a mi lado y que todo había sido un sueño ¡Terrible! Por supuesto, pero finalmente un sueño. Intenté dormir nuevamente, pero la sensación angustiante que había dejado aquella pesadilla en mi pecho me sacó de la cama con la necesidad de escribirlo de inmediato. No suelo recordar nunca lo que sueño, pero éste creo que no voy a olvidarlo jamás.


Mientras pasaba café y encendía mi ordenador, una extraña huella enlodada en la sala llamó mi atención. Me disponía a revisarla cuando explotó ensordecedora la alarma del auto del vecino. La sensación angustiante con la que me había despertado regresó de pronto. Me asomé a la ventana temblando. Mi vecino intentaba apagar  la alarma de su auto mientras llamaba a la policía reportando un robo seguramente. El auto con las puertas abiertas, tenía un vidrio roto en una de las ventanas laterales. Al momento, un par de carros patrulleros hicieron su aparición.  Las luces rojas y azules penetrando en mi salón, me intimidaron y cerré las cortinas. En el acto, me ocupé en lo mío.         

        

sábado, 3 de octubre de 2009

Crónicas desde el Frenopático

Habían pasado un par de años, pero las calles continuaban tal cual las dejé al irme. La panadería, la bodega, el quiosco de periódicos, la lavandería... Todo seguía intacto. Los chiquillos de la esquina habían crecido, algunos perfilaban bigotes y a otros les había cambiado la voz. Pero yo, todavía parecía un  niño. 


Al juzgar, habían dejado atrás las bolitas, las cometas y el trompo. Ahora compartían cigarrillos y se corrían a escondidas la botella de guinda. Conforme me acercaba a la esquina, las diferencias entre ellos y yo resaltaban con mayor claridad.  Los cabellos largos, los zapatos de tacón y los pantalones acampanados, daban a sus figuras alargadas un aire de modernidad. Contrastando de una forma exagerada con mi atuendo de seminarista.


Nadie había ido a recogerme y tuve  que caminar cargando al hombro, mi viejo maletín azul que me había acompañado durante toda la primaria. Hasta entonces, nunca me había preocupado por mi apariencia física. Era gordito, cabellos cortos con gruesos lentes de carey y todavía usaba aquellos pantalones de casimir pasados de moda de cuando me fui. Mis zapatos domingueros, se habían deformado y mi camisa blanca del uniforme con las barbas del cuello enruladas empezaron a avergonzarme.


-¡Hola cura!

-¡Su bendición padrecito!

-¡Regálanos una hostia, santurrón!


Me sentí humillado, deseando que ese par de años que había estado en el aspirantado salesiano nunca hubiesen existido. Me arrepentí de haber estado ausente, de haberme alejado del barrio, de perderme de tantas aventuras y de desconocer toda esa jerigonza que manejaban y que los hacía parecer tan autosuficientes.


Uno de los mayores me arrancho el maletín y se lo pasó a otro del grupo que, abrió en el acto, desparramando mis ridículas pertenencias. Mis medias y ropa interior -bordadas con mis iniciales - rodaron por el piso. Lo peor fue cuando uno de ellos encontró mi libro de oraciones y mi colección de estampitas de los santos que tanto admiraba.


-¡Cura! ¡Cura!

-¡Mariconcito!

-¡Dale un trago al santurrón!

-¡Sí! ¡Que se haga hombre!


En mi vida había bebido alcohol, el primer trago incendió mi garganta, pasó quemando hasta el estómago y lo devolví en el acto, junto con el último desayuno que tomé con mis hermanos salesianos. Mientras recogía mis pertenencias, no fui capaz de contener el llanto,  cosa que atizó más la burla de todos. Mi cabeza explotaba, me sudaban las manos, todo era confuso. Allí mismo me arrepentí de haber dejado el seminario, extrañé a mis compañeros que, tan gentiles, habían grabado sus firmas en esa tarjeta de despedida, que ahora flotaba en un charco inmundo.  No estaba preparado para un recibimiento como aquel. 

                                                                 

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El año que ingresé al seminario el golpe militar sacudió la insegura economía de mi hogar. Mi padre, entonces se dedicaba al negocio de la importación de artefactos electrodomésticos y lo perdió todo de la noche a la mañana. El toque de queda, los soldados paseándose en tanquetas por las calles y los comunicados oficiales -que transmitían cada nada por la tele-, creaban una atmósfera desoladora en el ambiente presagiado un futuro nefasto.


Los planes que mi madre tenía entonces quedaron truncos. Comprar la casa de sus sueños en otro barrio para dejar el departamentito del edificio en el que vivíamos, trasladarme a un mejor colegio que el parroquial de Magdalena, reemplazar los cansados muebles de la sala... Sus modestos sueños de ama de casa se destruyeron para siempre. Para colmo, volvió a quedar embarazada.


El terremoto y el aluvión que arrasó Ranrahirca, se añadieron trágicamente al desánimo. Hubo que cambiar a mis hermanas al colegio nuevo que las monjas de Santa María Eufrasia inauguraron entonces en Monterrico, debido a los daños ocurridos en el inmueble. Las nuevas pensiones del colegio, la movilidad escolar y todos los demás gastos que implicaron el traslado, asfixiaron peor nuestra economía.


Mi madre despidió a la empleada y nunca más le abrió a Goldenberg,  el judío que tocaba insistente la puerta cobrando las camisas importadas que usaba mi padre. Lo mismo fue con el dueño de la zapatería y las cuentas de la bodega y la farmacia. Cada golpe de puerta nos angustiaba estremeciéndonos de pánico. Esta sucesión de eventos agrietó la frente de mi madre, opacando  para siempre el brillo de sus ojos.


Mi padre no se despegaba de la radio esperando oír la deposición del gobierno de facto. O alguna otra noticia que devolviera esperanzas a nuestra trágica realidad.                                                        



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Aquellas vacaciones, no salí ni a la puerta. Cuando mi madre me mandaba a comprar a la bodega, los chiquillos de la esquina me acorralaban y me quitaban la plata y se compraban cigarrillos. Regresaba llorando a casa y mi madre me castigaba por ser tan zonzo. Mi vida se convirtió en un infierno. Extrañaba a mis compañeros del seminario y todos esos momentos infantiles que antes me parecieron tan ingenuos.


Cuando mi hermana mayor cumplió quince años, mi padre le hizo una gran fiesta con luces psicodélicas. Todos los chiquillos del barrio asistieron y esa noche me trataron como a uno más de ellos, me ensañaron a bailar rock lento, me dieron licor y por primera vez fumé marihuana.


El siguiente periodo escolar me matricularon en el colegio donde estudiaban todos los chiquillos del barrio. Moría por que mi cabello crezca. Pero sólo era cuestión de tiempo.  Insistí para que me compraran  zapatos de tacón y pantalones de uniforme con campana. Mi padre nunca me dijo no a nada.  Y, poco a poco, me fui pareciendo a los demás. Dejé de rezar antes de acostarme y  todo mi material religioso lo  tiré a la basura.


Antes de entrar a clases los chiquillos compraban licor y tomábamos a pico escondidos detrás de las tribunas que habían en el patio de recreo. Pero el trago me caía re mal. Y  cuando vomité sobre el pupitre del profesor Zárate, me expulsaron deshonrosamente. Reprobé aquel año. Entonces, todas las mamás de los chiquillos del barrio me declararon mala influencia, y les prohibieron a todos juntarse conmigo. Para colmo, los desleales les hicieron caso.


No me importó. Yo había hecho mis propias amistades con la gente achorada de los callejones y esto me alejó definitivamente de todos. Corroborando la  mala  fama que  había adquirido.


Cuando las chicas del barrio hacían sus fiestas, me aparecía con todos esos malandrines y, por supuesto, que nos expulsaban en el acto. Mi cabello exageradamente largo y mis pantalones arrastrando por los suelos reforzaban todo aquello que ahora, con justa razón, hablaban tanto de mí.



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Mi padre hizo nuevas amistades con un grupo de militares que lo colocaron de gerente en una conocida distribuidora de abarrotes y licores. Y cuando conoció a otra señora, dejó sola a mi madre con todos mis hermanos. Esto hizo que ella se deprimiera tanto que, ya ni se aseaba ni tampoco recogía el desorden de la casa. Nunca más le abrimos la puerta a nadie y yo, me inicié en la venta de la nueva la nueva droga que los militares pusieron de moda.


La pasta básica de cocaína fue la perdición y todos los chiquillos del barrio le entraron poco a poco. A mi madre ni le importó que la vendiera en la casa y cuando mi padre dejó de pasarnos la remesa, empezamos a vivir de eso.  La policía llegaba cada nada, pero mi madre les daba plata y nos dejaban tranquilos un tiempo.


Empecé a consumir la droga desmedidamente.  Hasta mi madre también lo hizo y cuando me llevaron preso, se quedó sola a cargo del negocio. Luego de un año me soltaron pero, ella, ya no dejó que entrara más a la casa y me quedé vagando por los barrancos del malecón. Seguía vendiendo, pero consumía todo lo que ganaba y nunca fue suficiente. Me dediqué a robar y la noche que le vacié la casa a mi madre, le di tal empujón que se rompió la cadera.

Ella también siguió vendiendo para  subsistir. Mis hermanas cayeron en lo mismo y cuando les faltaba la plata se prostituían junto con ella. Los vecinos las denunciaron y el dueño del departamento las echó a la calle y todas se fueron a vivir a un corralón cerca de la rotonda, justo detrás del bar donde paraban los viciosos del barrio.



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Una década no es mucho tiempo cuando se vive alejado de la realidad, durmiendo en las calles, mendigando y robando para subsistir. La ciudad crecía mientras la vida pública recobraba la tranquilidad que prometían los gobiernos democráticos. Nunca supe más de mis hermanas. A veces, escuchaba hablar de mi hermano menor, pero éramos extraños. Mi madre se convirtió en una de las primeras víctimas del SIDA en el barrio. Un día apareció muerta cerca del malecón. Me enteré de ello cuando recogí un periódico inmundo para cubrirme.


Entonces, todos los recuerdos de la infancia regresaron a mi mente convirtiéndose en un tormento vil de culpa. La realidad empezó a  confundírseme con el delirio. Comencé a verla y a hablar con ella en cualquier sitio. Los transeúntes se me alejaban,  mi semblante apestado inspiraba temor evidenciando mi locura.


Una madrugada la culpa superó mi desgracia y decidí arrojarme al vacío. No tengo recuerdos de entonces. Cuando desperté en una cama clínica del frenopático, sujetado  por unas correas gruesas ni sabía quien era. No reconocí a mi padre. Era un señor que me visitaba con frecuencia y les dejaba propina a las enfermeras para que me cuiden.


No puedo precisar cuanto tiempo estuve así. Pero un día, regresaron todos los recuerdos y la pesadilla de haber arruinado mi vida y la de mis seres queridos, se convirtió en la peor de mis condenas. Llevo recluido doce años en este manicomio. Y a pesar que hace mucho me dieron de alta, seria incapaz de sobrevivir fuera de él.


De vez en cuando hablo con mi padre. Está viejito y se ha quedado solo. Su mujer se fue con otro y me tiene sólo  a mí.


A muchos de los chiquillos del barrio, ahora hombres, poco a poco los he visto desfilar también por aquí. A veces, conversamos. A los que nunca más he vuelto a ver, están muertos o cumpliendo condenas por consumo y tráfico de drogas. Lo único que puedo decir es que pertenezco a una generación maldita de drogadictos y de locos. Víctimas de las drogas. Una generación quemada cuya trayectoria por esta vida no ha significado nada.


Solo, abandonado a mi perra suerte, espero quedarme dormido para siempre, sobre este catre mugriento y que ahora es mi única pertenencia. Espero que no exista otra vida. No la resistiría.










     



El infierno de Candela

Candela Costa despertó de un sobresalto. Las manos le sudaban, sus dientes castañeaban, el corazón le explotaba.


-¡Mierda! – exclamó aliviada.


Por suerte habían pasado aquellos días angustiantes cuando dormía en la calle y no tenía futuro. Aliviada, corrió a encender la radio y la voz del pastor Ezequiel le recordó su presente. Ahora era alguien. Un ser humano nuevo repleto de gracia. Además, tenía entradas para ve a U2.  Se sintió feliz, realizada.


-¡Gracias Cristo! ¡Gracias Jesús!- vociferó a todo pulmón espantando al gato.


Había deseado tanto ver a Bono y la misericordia divina respondió pronto – como cada vez que pedía algo-, desde que había encontrado la luz. Uno de los cientos de miembros de su iglesia se las había cedido humildemente, a cambio de sus oraciones porque era sabido por la mayoría que, Jesús le escuchaba primero a ella que a nadie. Así había renovado su ropero con lo último de Banana Republic y con las marcas preferidas de zapatos que ella, por su bondad y entrega al señor merecía.


-¡Alabado, misericordioso! ¡Eterno, por siempre! – profirió despertando a los vecinos.



Todo lo que ahora era se lo debía al Pastor Ezequiel. A ese hombre de dios, cuya fe y entrega lo había colocado en la arista principal de la iglesia de los verdaderos hermanos de Cristo. La única religión auténtica y mayor comunidad de feligreses de la ciudad. No en vano, el hombre, había recibido tantas bendiciones. Un buen número de autos, un canal de TV, una cadena de radio y decenas de inmuebles donde había colocado a sus parientes cercanos y a sus incontables vástagos, fruto del amor que compartía con las innumerables devotas que se le ofrecían siendo aún vírgenes.


Hacía un par de años que Candela había dejado las drogas mayores. Desde aquel día que el pastor Ezequiel la sacó de la cárcel, donde cumplía una condena por consumo y tráfico de heroína, cocaína y éxtasis. Entonces, todo había empezado como un juego. Uno peligroso destinado a seducir a sus amantes, muchachas menores de edad a las que enviciaba y luego desechaba a su suerte.


Una visita que le hizo el pastor Ezequiel en prisión la había regenerado. Al extremo, de llegar al convencimiento que sus naturales apetitos por su mismo sexo  no eran más que las tendencias diabólicas de la vida disoluta a la que antes se había dedicado.


-¡Alabado, Eterno! ¡Tuyo es el poder! ¡ Señor, soy tu esclava! –gritando emocionada salió de  prisión.


Era costumbre del pastor Ezequiel recorrer las cárceles de mujeres ofreciendo libertad, a cambio de que las muchachas – por supuesto que elegidas por su apariencia física- se adhirieran a su iglesia bajo la promesa de su conversión y participación activa reclutando jóvenes feligreses.


Candela, todavía era una muchacha guapa. No había perdido su talento seductor, que antes encandilaba a las jovencitas y que ahora explotaba para convencer a cientos de muchachos y hombres mayores, para el recaudo de limosna. Su antigua experiencia como delincuente juvenil, le garantizaba un éxito sin precedentes. 


-¡Alabado, Misericordioso! ¡Tú, el sempiterno! – exclamaba complacido el pastor Ezequiel, de su buen ojo con Candela.


Candela fue escalando de una manera sorprendente dentro de la jerarquía de la Iglesia. Llegando, en poco tiempo, a ser una joven ministra con mucha influencia entre los numerosos devotos que concurrían a su recinto en busca de todos los bienes materiales con que dios la premiaba a ella.


Con Candela, el pastor Ezequiel descubrió  una mina de oro. Cuya mente delincuencial ideaba cientos de artificios para recolectar cada día mayores fondos. Sus inescrupulosos proyectos le permitieron recorrer muchos países vecinos, dónde su presencia prometía aliviar el dolor, la pobreza y el abandono en la que se encontraba tanta gente humilde


-¡Misericordia, Cristo Salvador! ¡Sólo tú eres capaz de salvarnos!- profería Candela con fanatismo, mientras los incautos financiaban sus viajes repetidamente.


Candela compró ropa, casas, carros y se hizo de numerosa servidumbre. Hasta que una mañana, el señor le habló en sueños encomendándole la fundación de una nueva iglesia. Decidió hacerle caso, como una sierva incondicional de Cristo. Empezó construyendo un presuntuoso local y a difamar al pastor Ezequiel con la intención de quitarle feligreses.


La ira del pastor Ezequiel se diseminó a través de sus medios de comunicación. Sin embargo, no pudo desmentir toda la inmundicia que Candela le sabía. Porque, además, ella era también otra de sus víctimas de su abuso sexual.


-¡Ilumíname, misericordioso! ¡Sálvame, todo poderoso! 


Al parecer, el pastor Ezequiel fue escuchado. Y en uno de sus recorridos por las cárceles se encontró con otra joven, a  la que prometió salvación eterna a cambio de sus servicios.


Una noche -mientras Candela se revolvía entre sus proyectos manipuladores-, se topó con la muchacha. Su carne débil fue presa fácil. No pudo resistirse a los encantos seductores de la jovencita, como tampoco, a las bolsas de heroína que ésta llevaba en la cartera.


-¡Sálvame, Cristo! ¡Hazme fuerte otra vez!


Pero todo fue en vano. Candela recayó con más fuerza que antes en sus vicios antiguos. Por la droga, lo vendió todo. Estafó a sus fieles y la gente le perdió la confianza. Deambulaba pidiendo limosna por los alrededores de la iglesia del pastor Ezequiel. Pero, éste, advertía a todos desde su púlpito su peligrosa facha criminal por las esquinas.


Nadie más ha vuelto a hablar de Candela. Dicen que está irreconocible, viviendo de la prostitución debajo del puente. Otros, aseguran haberla visto muerta.


Pero el único que sabe su paradero real es el pastor Ezequiel. Que se ha asegurado de que vuelva a ese recinto maldito de donde un día la sacó con la promesa de un mundo mejor.              

-¡Alabado, salvador! ¡Alabado seas por siempre! – exclama el pastor Ezequiel con la plena seguridad que Candela,  jamás saldrá de la cárcel.


 


  


    

miércoles, 16 de septiembre de 2009

CHIGUACA Y CANELO

Canelo y Blanca Flor nacieron azules y es por eso que se quedaron en el hospital veinticinco días más conectados a su aparato, hasta que sus corazoncitos se desinflaran.  Sin embargo, esto no sucedió tan pronto como sus papás lo deseaban. Las expectativas que el doctor Rivero Avilés les dio de vida, fueron desilusionantes.
-Tal vez, unos seis u ocho años, no más, señora... -, dijo bastante optimista.
Desde entonces, la mamá se dedicó a cuidarlos como a un crisol. Con la dedicación de una santa, diría la parentela Del Carmen que estaba confundida por todo aquel asunto del color:
-¿Azul? ¿’Onde se ha visto eso, compay?...
El papá, un retaco macizo que andaba elegantísimo, vivía quebrantado. A lo lejos recuerdo que hasta organizó una fundación para ayudar a más niños azules en el barrio e hicimos colectas en el salón. Pero nada pudo evitar que la frágil Blanca Flor falleciera, tal y como lo anticipara su doctor. Sucedió cuando estábamos en quinto de primaria. El padre Trisoglio hizo una misa a la que asistió el barrio entero y por la tarde declaró que el viernes habría asueto por duelo en el colegio parroquial. Esta vez nadie se alegró de que suspendieran las clases... La muerte es un evento que cambia la vida de los que nos quedamos vivos... ¡Nunca olvidaré a la hermanita de mi compañero de carpeta!
Transcurrió toda una década para volver a encontrarnos. Interrumpió en plena clase de lógica, cosa que el chato Córdova jamás permitía, pero en el acto lo bautizó como Basilio y lo mandó a sentar. Así lo llamamos hasta que terminamos la carrera. Canelo se había quedado chiquito, como su papá y, realmente, estaba igualito al cantante. Su pelada brillante resaltaba unas inquietas bolas de carey que persuadían de todo. No le quedaba ni una ceja. Nos abrazamos cariñosamente y - mientras nos mandaba callar – el chato desgraciado, que siempre tenía la precisa, aprovechó para chantarme el mote de Chiguaca. Canelo me contó toda su vida en un minuto. Había mejorado. Su papá murió de un infarto y su viejita hacía lo imposible para que no le faltara su medicina. Ya no se hacía problemas. Jugaba fútbol, tomaba sus tragos, fumaba sus cigarritos, comía ají y era mujeriego.
-Claro que con mesura, hermanito... Pero no me privo, porque la vida es corta...
Siempre me dejaba con el nudo en la garganta. Pero Canelo era resistente.  Desde que llegó se convirtió en el delegado oficial del aula y se pasó todo el tiempo correteando a los profesores rogándoles por otro examen sustitutorio. Ya ni asistía a clases y la pasaba metido en las oficinas correteando ahora secretarias...
-A Basilio no le vas a decir que no, pues amorcito...
Y se las levantaba a todas. El negrito tenía su jale y donde ponía el ojo acertaba. Claro que no era casualidad que siempre se tratara de la chica encargada de pasar las notas en los registros o de cualquiera que pudiera influir en su favor. Fuera bonita o no, el Canelo la sacaba a pasear, se la presentaba a su mamá y luego pedía el favorcito.  Así llegó lejos. Se las sabía todas, mientras que no tuviera que sustentar sus monografías...  Siempre recuerdo la vez que nos llevó de paseo a todo el salón a la tierra de sus viejos para visitar a su parentela. Un viaje memorable por las borracheras que nos metimos durante días seguidos. Desde entonces no hubo quien le dijera que no al Canelo. Tenía comprada a la gente con sus zalamerías. Canelo ingeniaba criolladas audaces, pero era incapaz de memorizar un pequeño renglón siquiera.
Su nombre de pila era Timoteo Belleza y ser negro era un orgullo que cultivaba de familia. Zapateaba y cantaba de maravilla. Pero, tocando siempre con la punta de los dedos sus pastillitas que nunca movía del bolsillo de sus camisas.
-¡Qué corazón ni ocho cuartos! ¡Seco y volteado, Chiguaca!... 
No había fiesta de la que Canelo no saliera bien emparejado y con el alcatraz humeando. Cuando cursábamos décimo ciclo sorprendió a la clase con su matrimonio. Era una chica de ascendencia japonesa, que estaba de mírame y no me toques de lo enferma que lucía.   Era también paciente del doctor Rivero –su doctor de cabecera- y se conocían de toda la vida. Pero como la novia empeoraba, el Canelo, se propuso hacerla feliz hasta el día que expiró. Fue una muerte vertiginosa y Canelo quedó deshecho... Como un autómata, recibió su diploma y se largó a Miami.
-Allá la medicina está avanzada, hermanito... Si nos hubiéramos ido antes... - dijo taciturno al despedirse y otra vez le perdí el rastro.
Esta vez pasaron cinco años para encontrarnos nuevamente... Yo deambulaba por las inmediaciones de K’Mart   tratando de encontrar un trabajo de lo que sea, cuando escuché una voz familiar que gritaba a todo pulmón.
-¡Chiguaca!... ¡Chiguaca!...
-¡Basilio, carajo! ¡Hermanito de mi corazón!... ¡Negrito de mi alma!...
Nos abrazamos llorando. Para mí fue una gran suerte porque esa noche hubiera tenido que dormir  en la calle con mi mujer y todas las maletas que trajimos de Perú. Pero esa es otra historia. Canelo fue mi salvación. El negro, tenía una camionetita montada para lavar carros y no le iba tan mal. Decía que se reventaba los lomos de sol a sombra para pagarle al banco las letras, sino, se quedaba sin trabajo...
-Chambeo como un negro Chiguaca... -, me dijo apretándome fuerte.
Empecé con él con bastante optimismo. Canelo se había hecho una carterita de clientes de la que subsistía medianamente, pero la competencia empezaba a mortificarlo... Y realmente el negocio no daba para dos. Pero Canelo se sacrificaba y al final del día me sacaba de miso.
-Anda y cómprale un menú a tu mujer, Chiguaca... 
Canelo tenía un corazón de oro... Pero inmensamente frágil, muy frágil. Y yo me porté tan mal...  ¡Cuánto lo siento Canelo!...
Con frecuencia se  olvidaba y aceleraba el ritmo pero su incorrecto corazón lo obligaba a terminar el día anticipadamente.
-¡Chiguaca, en este país hay que trabajar, hasta que el cucharón aguante! ¡Pero la lluvia de miércoles! ¡Odio este clima!...
Ya no continuaba porque la presión se le subía.
-No es que no me importe, hermanito... Lo que sucede es que sin seguro... Fíjate, que lo he intentado, ¿ah? Pero ni bien descubren lo que tengo me chotean... ¡Pero estoy durando Chiguaca!...,- decía sin reflejo en los ojos cuando le preguntaba por sus pastillas.
Lo que más difícil se le hizo al Canelo fue dejar de ser el negrito divertido, el berenjena más popular de la facultad y todas esas cosas de las que se sentía orgulloso y tanto disfrutaba...
-¿Por qué olvidarlo hermanito? Imagínate que decir todo eso acá es prohibido y mi barrio esta lleno de negros...
Así que aprendí a llamarlo Timoteo. Pero más le jodía andar demostrando a medio mundo que era propietario de sus herramientas.
-Muy difícil es acá, hermanito... Muy difícil... - y continuaba trabajando resignado.
Como era de esperarse, el espejismo de la prosperidad nos obligó a separarnos del Canelo y hasta olvidarlo por un buen tiempo. Nos hablábamos por teléfono y quedábamos para encontrarnos algún día en especial...  Pero las mezquinas ambiciones nos dejaron sin tema de conversación y empezamos a competir en todo... No había noticia que él no hubiera visto ni rebaja que yo me haya perdido... Cuando me ampliaron el crédito recorrí nuevas tiendas y busqué personas más solventes para dialogar...
Claro que le contestaba las llamadas pero ya me caía un poco espeso... Es que me deprimía y, yo, a veces, estaba tan contento con mi última adquisición que me sentía interrumpido... Cuando me compré mi casa le perdí el rastro un par de años...
Hasta que una mañana, mientras me disponía  para ir de compras - para variar -,  mi mujer me alcanzó el celular y era Basilio.
-Mi hermano, estoy jodido, el banco me ha quitado todo y no tengo ni dónde vivir...
Me quedé helado.
-Canelo de mi corazón, en mi casa siempre tendrás un lugar...
Llegó jalando un montón de cachivaches que le rayaron todo el piso a mi mujer y que después me salió carísimo pulirlo y todavía se nota... ¡Pucha!
Lo acomodé en el cuarto que había designado para mi oficina. No me quedó otra... Entonces, yo repartía salsa de jalapeños  para una cadena de restaurantes, labor, que me mantenía por lo menos unas doce horas fuera de la casa. Era matador y regresaba con el trasero aplastado de tanto manejar.
Al principio, Timoteo - porque ahora era un activista afro-peruano y nada de Canelo ni berenjenas, carajo -, se dedicó a limpiarme la casa y a ayudar a mi mujer en la cocina. Preparaba platillos, gastaba ingredientes y los productos de limpieza se iban como agua y no salía a buscarse un trabajo... Yo sabía que se le veía mal y estaba enfermo. Pero, ¿qué tenía que ver con eso? ¿Acaso era su pariente? ... Me daba pena, pero y, yo...  ¿Cuándo me va a tocar a mí?  
En este país no puedes ponerte a pensar en esas cosas... Lo que importa es uno y nada más...
Por último, ¿para qué se vino, pues? Además, no me gusta que un hombre, quien quiera que fuera, se quede en la casa a solas con mi mujer... ¡Eso sí que no!... 
Canelo partió para Colorado una tarde mientras me encontraba inmerso en un nudo en la autopista y no logré llegar a tiempo para despedirme... 
-¡Se me hizo tarde compadre!
De vez en cuando llamaba y se quejaba del frío y de lo horrible que se sentía estar sujeto a un sueldito de barredor de aeropuertos para tener un jodido seguro... Tosía mucho y luego colgaba. Empecé a vivir pendiente de sus llamadas... Lo sueño con frecuencia  correteando secretarias por los pasillos de la facultad... Con Blanca Flor en la entrada de la parroquia y también lo veo con su papá... Lo primero que pregunto al entrar en casa es por su llamada... 
-¿Qué habrá sido de ti, Canelo? Sabes, hermano, que contigo se fue lo último de Chiguaca  que quedaba en mí...  

viernes, 11 de septiembre de 2009